Anthropic le preguntó a sus usuarios qué opinaban de la IA y qué beneficios extraían de ella. Hay un hallazgo interesante: entre más la conocen, más incertidumbre les genera.
“Un trabajo basura es una forma de empleo tan completamente inútil, innecesaria o perniciosa que ni siquiera quien lo realiza puede justificar su existencia”.
— David Graeber, teórico del trabajo contemporáneo y autor de Bullshit Jobs: A Theory
Durante años imaginamos que la automatización de la inteligencia artificial vendría por los otros:
Por los que hacen trabajos repetitivos.
Por los que hacen reportes en una oficina.
Por los que llenan formatos para trámites.
La inteligencia artificial, se nos dijo, haría más eficiente lo rutinario. Dejaría a salvo lo verdaderamente humano: la creatividad, el juicio, la abstracción, el pensamiento.
Pero algo se ha estado moviendo.
Algunos de los más inquietos por el posible reemplazo laboral ya no están en la periferia tecnológica, sino en su centro. Programadores, desarrolladores, trabajadores del conocimiento tecnológico… Personas que, hasta hace poco, parecían ubicadas en el lado seguro de la revolución. La certeza se les está acabando.
La ironía se resume en un dicho viejo: cría cuervos y te sacarán los ojos.
Los ingenieros ayudaron a construir un sistema que ahora empieza a mirar sus tareas con apetito. Los desarrolladores escribieron programas que hoy escriben código. Los expertos en automatización están descubriendo que también su trabajo puede ser automatizado.
No es una fábula moral sobre técnicos castigados por su criatura. Estamos ante algo más profundo: el trabajo intelectual está descubriendo que muchas de sus partes eran más imitables y administrables de lo que se presuponía.
El informe de Anthropic, What 81,000 people told us about the economics of AI, ofrece una ventana precisa hacia esa incomodidad. A partir de una encuesta a usuarios de Claude, el documento encuentra que las personas en ocupaciones más expuestas a la IA tienden a expresar más preocupación por desplazamiento laboral.
Por cada 10 puntos porcentuales de aumento en exposición, la percepción de amenaza laboral aumenta 1.3 puntos porcentuales; además, quienes están en el 25% superior de la exposición mencionan esa preocupación tres veces más que quienes están en el 25% inferior.
La primera lectura parece obvia: se preocupan más porque están más expuestos.
Pero quizá hay otra.
Quizá se preocupan más porque entienden mejor lo que puede ocurrir.
La exposición aumenta la conciencia del riesgo. Quien convive todos los días con la IA no necesita discursos apocalípticos para intuir el cambio. Le basta verla resumir, corregir, programar, diseñar, traducir, explicar, depurar, proponer.
Ahí nace la ansiedad. No en la ignorancia: en la familiaridad.
El trabajador más cercano a la IA no necesariamente es el más vulnerable en términos absolutos. Pero sí es el primero en advertir que el suelo se está moviendo. Un maestro de primaria, un abogado, pueden concebir todavía que su oficio está protegido por la complejidad humana. Un programador que ve a un modelo producir código funcional en segundos tiene menos refugios psicológicos.
La máquina no tiene que hacerlo todo para alterar el mercado. Le basta con hacer suficiente.
Ese “suficiente” es la palabra decisiva. Suficiente para reducir el tiempo de una tarea.
Suficiente para permitir que alguien menos experto produzca algo aceptable.
Suficiente para que una empresa pregunte si necesita tres personas o solo dos.
El reporte de Anthropic muestra, además, una paradoja central: los usuarios reportan ganancias importantes de productividad, con una media de 5.1 en una escala de 1 a 7; es decir, declaran “soy sustancialmente más productivo”. Pero esos beneficios en muchos casos intensifican la incertidimbre.
Esto rompe una ilusión frecuente: la idea de que productividad y seguridad laboral avanzan juntas.
No siempre.
Si una herramienta permite hacer en quince minutos lo que antes tomaba dos horas, el trabajador puede sentirse poderoso. Pero también puede hacerse una pregunta simple: ¿cuántas personas serán necesarias cuando todos tengan esta herramienta? Es más, ¿yo seré necesario?
La productividad se vuelve ambigua.
El beneficio puede quedarse en el trabajador, como tiempo liberado. Puede ir al cliente, como menor costo. Puede ir al empleador, como más producción con la misma plantilla. Puede ir a la empresa de IA, como renta tecnológica. O puede evaporarse en una nueva normalidad donde todos trabajan más rápido y mejor sólo para no quedarse atrás.
El informe captura esta tensión. Entre quienes nombran a un beneficiario de la productividad, la mayoría dice que el beneficio va hacia sí mismos. Pero 11% menciona que los empleadores están obteniendo más entregas de trabajo. Y hay una diferencia reveladora: sólo 60% de los trabajadores de carrera temprana indica beneficiarse personalmente de la IA, frente a 80% de los profesionales senior.
Ahí aparece otro conflicto.
La IA no afecta a todos los trabajadores del conocimiento por igual. Premia a quien ya tiene criterio, reputación, autonomía y poder de decisión. Castiga, o al menos tensiona, a quien todavía estaba aprendiendo mediante tareas básicas.
El aprendiz siempre empezó por lo repetible. Sus tareas no eran gloriosas, pero eran formativas.
Si la IA las absorbe, el problema es cómo se aprende un oficio cuando desaparecen sus escalones inferiores.
El senior puede mirar a la IA como un equipo invisible; pero el junior la ve como un sustituto anticipado. El primero la dirige. El segundo compite con ella. El primero tiene suficiente experiencia para corregirla. El segundo necesita experiencia para saber cuándo corregirla.
La IA ahora reordena jerarquías.
Quien sabe formular problemas gana poder. Quien sólo ejecuta instrucciones lo pierde. Quien entiende el contexto conserva ventaja. Quien sólo entrega piezas intercambiables entra en una zona peligrosa.
La industrialización hizo algo parecido con el trabajo manual: separó procesos, midió tiempos, convirtió saberes artesanales en procedimientos replicables. La IA empieza a hacer algo semejante con el trabajo cognitivo. Descompone el razonamiento en subtareas. Convierte intuiciones en flujos. Transforma borradores, diagnósticos preliminares, líneas de código, reportes y análisis en unidades comparables.
Eso no significa que la mente humana haya sido derrotada.
Más bien, muchas actividades que protegíamos bajo la palabra “inteligencia” contenían una proporción considerable de rutina.
La IA nos está obligando a distinguir qué parte de nuestro trabajo era pensamiento y qué parte era un procedimiento sofisticado, pero replicable.
Esta distinción será cruel.
Con la primera oleada de la IA, el trabajador del conocimiento se pensó a salvo porque no usaba las manos sino la cabeza. Pero la frontera nunca fue tan diáfana. Una parte del trabajo intelectual consiste en juicio; otra, en patrones reiterados. Una parte requiere experiencia humana; otra, probabilidad estadística aplicada a gran escala.
La IA entró justo por esa grieta.
Por eso inquieta tanto a quienes la conocen. Empiezan a entender sus capacidades reales. Y los inquieta porque saben que para una empresa, muchas veces basta con que el sistema produzca resultados útiles, rápidos y baratos. Y nada más importa.
La economía no pregunta si la máquina entiende. Pregunta si entrega. Y si entrega lo necesario, el trabajo se reorganiza.
Aquí conviene resistir dos exageraciones. La primera es el entusiasmo ingenuo: creer que toda productividad apuntará a un mundo mejor. La segunda es el fatalismo: imaginar que toda mejora técnica terminará en desempleo.
El informe de Anthropic permite una lectura más sobria. La IA amplía capacidades, sí. Muchas personas dicen hacer ahora cosas que antes no podían; de hecho, la mejora más mencionada no es sólo velocidad, sino el alcance: hacer tareas nuevas.
Pero ampliar capacidades no resuelve automáticamente quién captura el valor.
¿La IA le dará más autonomía al trabajador o más control al empleador?
¿Reducirá jornadas o elevará expectativas? ¿Democratizará habilidades o concentrará poder en quienes ya saben dirigir sistemas complejos?
La IA llega a mercados laborales desiguales, a empresas obsesionadas con eficiencia, a trabajadores con poco poder de negociación, a jóvenes que ya enfrentan trayectorias precarias. La productividad puede ser promesa o amenaza. A veces ambas el mismo día.
Creíamos que el código, el análisis y la estrategia estaban protegidos por una especie de aura mental. La IA está perforando esa aura. Desnuda cuánto de lo profesional dependía de tareas repetibles, imitables.
La amenaza está en descubrir cuántas partes de nuestro trabajo no necesitaban que pensáramos tanto.
La inteligencia artificial también viene por las coartadas con las que justificábamos nuestro valor ante el patrón.
El juicio de Musk contra Open IA ya inició
Elon Musk demandó a OpenAI y Sam Altman el 29 de febrero de 2024. En ese momento los acusó de fraude y de abandonar la misión original de ser una organización sin fines de lucro; Musk retiró esa primera demanda el 11 de junio del mismo 2024, pero la reactivó en corte federal en agosto de 2024. En abril de 2026, el caso entró a juicio, sin los reclamos de fraude, pero centrado en el tema del fideicomiso caritativo y el enriquecimiento injusto.
Todavía no hay certeza de cuál será el resultado de esta acción, pero si duda dará mucho de qué hablar en cuanto se resuelva.
Google y el Pentágono cierran filas
Google firmó un acuerdo clasificado para que el Pentágono use sus modelos de inteligencia artificial en trabajos sensibles del gobierno de Estados Unidos. Según The Guardian, el convenio permite emplear la tecnología para “cualquier propósito gubernamental legal”, aunque incluye restricciones contra vigilancia masiva doméstica y armas autónomas sin supervisión humana.
El acuerdo ocurre después de que el Pentágono impulsara contratos de hasta 200 millones de dólares con laboratorios de IA. La noticia nobha sido bien recibida por todos. Más de 600 empleados de Google pidieron a Sundar Pichai no habilitar sus sistemas para cargas clasificadas, por temor a usos militares o dañinos.
Rostros robados para microdramas con IA
Christine Li, influencer y modelo china de 26 años, descubrió que su rostro fue usado sin permiso para crear un personaje en un microdrama generado con inteligencia artificial.
El contenido apareció en Hongguo, una plataforma de ByteDance dedicada a miniseries ultracortas, y habría sido creado a partir de fotos que Li publicó en redes sociales dos años antes.
El caso también involucró a Baicai, un estilista cuyo rostro fue usado para otro personaje sin autorización. Hongguo retiró el episodio y dijo haber reforzado sus revisiones tras detectar cientos de microdramas que incumplían sus normas. En China, desde abril, la creación de microdramas con ya IA exige licencia.
Pompeya reconstruye una fuga con IA
Los cadáveres modificados de dos hombres que intentaron escapar de la erupción del Vesubio en el año 79 d.C siguen dando noticias.
Uno habría muerto por una corriente piroclástica; el otro, bajo una lluvia de lapilli, llevaba una lámpara, diez monedas de bronce y un mortero de terracota que habría usado para protegerse la cabeza, de acuerdo con el Parque Arqueológico de Pompeya. El rostro de este último fue reconstruido con IA.
La reconstrucción fue realizada con inteligencia artificial y fotorretoque, en colaboración con la Universidad de Padua. El proyecto busca presentar una imagen científicamente fundada y accesible para públicos no especializados.
Tim Cook se irá entre aplausos
El CEO que lleva 15 años al timón soltó una guía de crecimiento de 14-17% para el trimestre de junio, casi el doble del 9.5% que esperaban los analistas. Obvio, la acción subió 3% el viernes. El iPhone 17 ya es el más popular en la historia de Apple y la MacBook Neo de gama baja, lanzada en marzo, está volando.
Mientras la industria entera se las ve negras con los altos costos de memoria (culpa de la IA), Cook pasó una década construyendo servicios. Suscripciones, iCloud, Apple Pay, así que Apple no sufre como el resto. Hoy factura casi 31,000 millones por trimestre con márgenes monstruosos.
El nuevo negocio de Uber no es llevarte a ningún lado
Sensores en los autos de millones de choferes, capturando cada calle, cada maniobra. Eso quiere venderle Uber a la industria de autos autónomos. Su CTO lo soltó sin rodeos: el cuello de botella para los robotaxis ya no es la tecnología, son los datos del mundo real. El paso siguiente es claro: que los socios tengan sensores que capturarán datos que luego servirán para entrenar modelos detrás de los robotaxis.
Por si no lo habías notado: Uber tiró la toalla en su propio programa de autos autónomos hace años. Ahora quiere controlar la capa de datos que alimenta a toda la industria. Incluido Waymo.
Big Tech va con todo por los robots humanoides
Meta acaba de comprar Assured Robot Intelligence y sumarla a su división Superintelligence Labs, apenas un mes después de que Amazon se tragara a Fauna Robotics. Básicamente, los mismos cerebros que pasaron por Nvidia ahora construyen cimientos para que un humanoide cocine o doble la ropa.
La siguiente gran apuesta de Silicon Valley es millonaria: Goldman calcula que el segmento valdrá 38,000 millones de dólares para 2035, Morgan Stanley dispara a 5 billones para 2050. Esto suena a sueño… hasta que ves los números.
Meta invierte en robótica
La empresa de redes sociales adquirió Assured Robot Intelligence, un startup que desarrolla modelos de IA para robots. Descubre por qué Meta cerró el trato.
La arriesgada apuesta de GameStop
La cadena de videojuegos anunció una audaz oferta de 56 mil millones de dólares por eBay. Ryan Cohen se convertiría en el director ejecutivo de la entidad resultante, prometiendo un ahorro de 2 mil millones de dólares en el primer año. La idea fue recibida con escepticismo.
El Pentágono adopta la IA
El Departamento de Defensa de EE. UU. firmó acuerdos con más empresas tecnológicas para ampliar el uso de herramientas avanzadas de IA en redes militares clasificadas.
Nintendo ha caído 45% en bolsa desde agosto porque el boom de IA disparó el precio de los chips de memoria; lo que engorda a Nvidia le achica márgenes al Switch 2.
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